Los bicivoladores: crónica de tres días de trabajo en una app de delivery
Una chica trabajó tres días en uno de los nuevos servicios
de apps de deliveries, que llenaron la ciudad de mochilas de colores. Pero el
sueño no fue como se lo contaron.
MARIEL SORIA -Domingo 14 de octubre de 2018
Hace poco me preguntaron si vivía de lo que hago. Soy actriz
y no, no vivo de lo que hago. En realidad, pienso si vivir de lo que hago es
cobrar por mi trabajo o llegar al monstruoso fin de mes. Como actriz no llego a
pagar todos mis gastos fijos, no tengo obra social ni vacaciones pagas y hace
poco hice tres funciones en un día con fiebre.
Llevo más de un año buscando el bendito trabajo fijo que me
deje dormir en paz. Hace poco, un amigo me envió un mensaje avisándome de
una app que era justo lo que yo necesitaba: horarios de trabajo
superflexibles y buena paga. Intuí que en estos tiempos nada podía ser tan
bueno como para ser real. Igualmente me anoté y fui a una reunión informativa.
La ansiedad me hizo googlear varias veces “trabajar en Glovo” para
ver qué decían. La mayoría eran comentarios positivos y una sola nota
sentenciaba la precariedad. Dudé de los comentarios positivos como buena hija
de la posverdad.
Llegué a la reunión. Un montón de motos y bicicletas hacían
guardia en la puerta de un espacio de coworking. Nada más fantasma que ser
una empresa que trabaja en tantos países y tiene una oficina compartida con
pibes que laburan en un prototipo de algo con lo que van a cambiar el mundo. No
veía algo así desde que vendí cremas para comprarme maquillajes al costo y la
“líder” me citó en las escalinatas de la Catedral.
Reunión
Nos hicieron pasar a una sala de reuniones. Éramos dos
chicas y un montón de varones de distintas edades. Había un hombre que casi
llegaba a los 60. Se anotó en la app para trabajar con su auto. Pensé
en lo injusto que es para una persona que lleva más de 40 años trabajando estar
sentada entre un grupo de gente de la edad de sus hijos por un trabajo así.
Pensé en mi papá y se me hizo un nudo en la garganta.
Al rato entró el capacitador. Si no venía con el pantalón
del traje de la cena de egresados, le pegaba en el palo. Tenía unos zapatos con
un taco que hacía ruido. No se quedaba quieto ni un segundo. Con cada
clac-clac-clac de sus zapatos en el piso yo pensaba qué carajo hacía ahí. Hizo
una primera reunión, preguntó quiénes estábamos anotados en el monotributo y
nos convocó a una capacitación más larga. A quienes no estaban registrados les
dio un plazo fatal para hacerlo.
La capacitación fue unos días después. Vimos un Powerpoint
con una idea de negocios que parecía prometedora y una estrategia final de “Acá
no es rico el que no quiere”.
Las condiciones son que seas monotributista, que no tengas
antecedentes penales, una caja de ahorro y que tengas bici, moto o auto con
papeles al día. Además, que pagues los materiales (una mochila/caja, una funda
para llevar el celular y un cargador portátil), el uso de la app y
que tengas datos siempre disponibles. Chau Spotify en el trole, pensé.
Un chico interrumpió la reunión. “No conseguí turno en Afip
para antes de la fecha que me dijiste”. Hubo un momento de silencio. No había
visto unos ojos así desde el gato de Shrek y casi que el vacío se
llenó con las miradas de todos nosotros pidiéndole que lo dejara participar
igual. Por un instante nos entendimos. Ninguno tenía trabajo y a todos nos
atravesaba la misma angustia por no conseguir otra cosa. Lo dejaron pasar.
Terminó el Powerpoint y descargamos la app de
“glovers”, el nombre que recibís cuando “brindás” tus servicios a la empresa.
Esa app te habilita un calendario para que elijas en qué horario y
qué días querés trabajar. Una vez que elegís, sólo pueden cancelarse hasta 48
horas antes. Si en ese lapso anterior a tu hora seleccionada te enfermaste o se
te rompió la moto, tenés que presentar un certificado médico (de un servicio
médico tuyo, ningún médico laboral va a tu casa) o mandás una foto con la moto
en el taller toda desarmada.
El primer calendario que me habilitaron tenía disponibles
tres horas durante el sábado y tres el domingo por la noche. Una hora más el
lunes. Las acepté. Pensé en mi amigo que hablaba de una conocida que en cuatro
días había recaudado 5.600 pesos. Hice cuentas y no me cerraba ni aunque
trabajara 24 horas al día. La app les cobra a los usuarios 30 pesos
por servicio. A los glovers les paga 28 de esos 30 cada vez que
aceptás un pedido. Es como una bajada de bandera. Luego te suma ocho pesos por
kilómetro de distancia entre el local y la casa del cliente y 1,50 por minuto
de espera.
La empresa tiene asociados, como casas de comida rápida, que
se enteran del pedido antes de que vos llegués y lo tienen listo –aunque en la
marea de mochilas amarillas, naranjas y rojas se confundan un helado con una
hamburguesa y tengas que hacer doble viaje para reparar el error–, y otros
lugares adonde entrás como cualquier hijo de vecino a hacer un pedido.
Para habilitar tus horas de trabajo tenés que hacer un check
in en la app y estar dentro de la zona de distribución. El
primer día me paré en una esquina cualquiera y esperé 20 minutos para que
entrara un primer pedido. Me llevó casi 40 minutos llevarle una hamburguesa al
empleado de un quiosco cerca de la Costanera. La aplicación me marcaba que
había ganado $ 53 más $ 20 que me dio de propina.
Haciendo números
Volví a hacer números de cuántas horas tenía que trabajar
para pagar la nafta, el monotributo, el uso de la app, los datos del
celular y los materiales, y entendí que la conocida de mi amigo no llevaba
ganados 5.600 pesos, sino que los llevaba recaudados. Esa plata no era de ella,
sino de Glovo. Ella cobraba los pedidos y al final de las horas trabajadas le
decían cuánta plata le correspondía de ganancia y cuánta debía devolver.
Hacía frío esa noche y tuve que llevarle un lomito de
Estación 27 a un treintañero que vivía en Villa Cabrera y había decidido
quedarse en su casa viendo series. La calle estaba oscura y tuve que esconder
el celular para que nadie me robara. Tuve miedo. Pensé en la comodidad del
treintañero y, cuando se me pasó el enojo, me dije a mí misma que por un
sándwich de Estación 27 yo también hubiese pedido un Glovo.
En el camino me crucé con otros repartidores y nos tocábamos
bocina en señal de saludo, como si fuésemos una comunidad. Uno me ayudó a armar
la mochila para que quedara derecha y otro me dijo “qué bueno que haya chicas
haciendo delivery ahora”.
Lo que parecía una conquista del feminismo me hizo pensar
después que, si vamos a estar expuestas a lugares y horarios donde hay mayor
riesgo a que nos pase algo, deberían hacerlo sólo los hombres, o cobrar más
nosotras por estar en riesgo.
Para el domingo llevaba ganados cerca de $ 300, que cubrían
el uso de la app y un tanque de nafta que ya había vaciado. En 15
días iba a tener que facturarlos para poder cobrar.
El lunes esperé 40 minutos la llegada de un pedido. La
alarma de la app sonó, tenía que llevar una gaseosa y cuatro
chocolates desde Cañada y Pueyrredón hasta barrio Alberdi. Esperé que bajara
una chica y recibiera el pedido. Cuando cerró la puerta, subí a la moto y vi un
quiosco a 20 metros. Me apoyé contra el manubrio y, como si la mochila en la
espalda fuera una casita de caracol, lloré.
Prefiero la precarización de mis sueños aunque me parezca
una injusticia. Prefiero morir en el escenario con mi gripe y mi fiebre a que
me atropelle un auto por llevarles unas hamburguesas a dos adolescentes que
jugaron toda la noche en la Play.
Recuperado de: https://www.lavoz.com.ar/numero-cero/bicivoladores-cronica-de-tres-dias-de-trabajo-en-una-app-de-delivery



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